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El 13 de abril de 1534 Tomás
Moro se negó a prestar juramento de adhesión al Acta de Sucesión en
la que se declaraba ilegítimos a los descendientes de Catalina
(esposa legítima del rey) y legítimos a los de su nueva cónyuge, Ana Bolena. Esta negación le valió ser encerrado en
la Torre de
Londres, juzgado y, finalmente, ejecutado.
Al final de juicio, celebrado de 1 de julio de 1535, Moro tomó la
palabra para decir: "Jamás he sido traidor al Rey, pero no se puede
admitir la supremacía espiritual del Rey frente a la unidad
universal de la Iglesia y el primado del Papa". Lo condenaron a ser
ahorcado y descuartizado, pero el rey, en un acto de "generosidad",
permitió que simplemente fuese decapitado.
Fue así que, cinco días después del juicio, Tomás Moro caminó con la
ayuda de un bastón los doscientos cincuenta metros que separaban la
Torre de Londres del cadalso. Se comenta que bromeó con el verdugo,
al que le pidió que por favor no dañara su barba, la cual no tenía
culpa de nada; y que pronunció unas palabras afirmado
que moría por la fe de la Iglesia Católica y que era fiel al Rey
pero más aún a Dios.
Al año siguiente, fue la propia Ana
Bolena quien pasó por el mismo periplo: prisión en la Torre de
Londres desde el 2 de mayo y ejecución diecisiete días después.
De pie frente a la Torre siento pena
y admiración por aquel gran político y escritor, hombre culto y
sabio que debió enfrentar una muerte injusta. |