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A
mediados del siglo XI, el rey sajón Eduardo el Confesor construyó
la Abadía de Westminster, siguiendo un consejo del Papa. El
edificio original, de estilo románico, fue reconstruido unos siglos
después bajo la influencia del arte gótico. Las torres de la
fachada oeste son muy posteriores, fueron edificadas entre 1734 y
1745.
Cuando
Enrique VIII rompió relaciones con la Iglesia Católica Romana y
disolvió los monasterios, la Abadía corrió serios riesgos de ser
destruida. De todos modos pudo salvarse por su estrecha relación
con la realeza: desde su construcción, hace más de nueve siglos,
todos los monarcas ingleses han sido coronados aquí (salvo tres
excepciones). Durante la ceremonia de coronación los nuevos
monarcas se sientan en la “silla de San Eduardo”, la que forma
parte de los tesoros de la Abadía.
En
la Abadía de Westminster han sido enterrador monarcas, escritores y
científicos ingleses de renombre. Ser enterrado aquí es el mayor
honor que puede recibir un miembro de la nación inglesa al
fallecer. En el así llamado “rincón de los poetas” descansan
los restos de Charles Dickens, Geoffrey Chaucer, Samuel Johnson y Rudyard Kipling.
Entre los científicos que han merecido este honor se destacan Isaac Newton y Charles Darwin. Aquí
se realizó el funeral de la princesa Diana de Gales. Su trágico
fallecimiento y la adhesión popular a su figura, sumados a la
cobertura mediática del funeral, agregaron otro motivo para que
quienes llegan a la ciudad quieran visitar la Abadía. Desde ese
entonces las visitas se han triplicado.
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