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Después
del cautiverio en Babilonia, el pueblo judío pudo retornar a
Jerusalén y reconstruir su Templo, destruido por Nabucodonosor.
Este Segundo Templo fue destruido a su vez, en el año 70 de
nuestra, era por el general romano Tito, quien luego sería
emperador.
De
aquel Segundo Templo sólo queda en pie un muro de contención, de
tiempos de Herodes el Grande, que rodeaba al edificio por el
sureste. Según cuenta la tradición, fue Tito quien ordenó dejar
intacto ese muro para que los judíos recordaran al verlo que Roma
había vencido a Judea.
Desde
entonces los judíos, que no ven en él un símbolo del poder de
Roma sino del poder de Dios (quien habría mantenido en pie al menos
una parte del Templo), se acercan al muro para rezar. Muchos de
ellos viajan desde los más alejados rincones del mundo para poder
hacerlo.
Desde
hace varios siglos se ha generalizado la costumbre de introducir
pequeños papeles con plegarias entre los ladrillos del Muro.
Si
vas a visitar la ciudad de Jerusalén, no dejes de acercarte al Muro
de los Lamentos y, si eres creyente, de elevar allí tus oraciones.
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