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El filósofo e historiados
alemán Wilhelm Dilthey (1833-1911), padre del historicismo y
defensor de la especificidad de las "ciencias del espíritu",
sostenía que, mientas en las ciencias de la naturaleza la dirección
del conocimiento va desde dentro del sujeto hacia los objetos, en
las ciencias del espíritu el proceso es inverso, en ellas el
conocimiento va desde lo exterior hacia el interior del propio sujeto. Las
ciencias del espíritu se valen de toda manifestación de la vida para
captar, a partir de ella, la vivencia interior que la produce.
Parado frente a estas imponentes moles de piedra que se mantienen
incólumes frente al paso de los siglos, no me pregunto tanto "¿cómo
las construyeron?", aunque comprendo la curiosidad que esa pregunta
despierta y las respuestas cautivantes e imaginativas a que ha dado
lugar. No, más bien me pregunto "¿por qué?". ¿Qué llevó a
este pueblo a realizar semejante esfuerzo? ¿Qué cosmovisión, que
concepción del mundo está detrás de estas fabulosas construcciones?
Es evidente que la cosmovisión y la escala de valores de estos
hombres diferían mucho de las nuestras. Hoy construimos torres de
acero y vidrio que no resistirían sin mantenimiento el paso de los
siglos, y puentes y túneles que se justifican sólo por su utilidad
comercial. Pero nada se equipara con estas moles "indestructibles" e
"inútiles", al menos para nuestra mentalidad pragmática.
Naturalmente tiendo a pensar que
nosotros, los hombres del siglo XXI, estamos más en lo cierto que
los egipcios del tercer milenio antes de Cristo. Pero debo reconocer
que por momentos dudo de nuestra "racionalidad técnica", de nuestro
pragmatismo, y pienso si no nos estaremos perdiendo algo, algo de lo
humano que aún late en nosotros y que no acertamos a descubrir,
valorar y desarrollar. Las
pirámides de
Giza, objetivación inocultable de
una cosmovisión muy distante de la nuestra, se yerguen como señales
de la amplitud de lo humano, de que sigue habiendo muchas más cosas
en el mundo de las que caben en nuestra filosofía. |